Blog de Ana di Cesare y Gerónimo Rombolá

Cuestiones de la historia y de la vida

Un modelo de mujer

A los 18 años rompió el molde de la patria potestad.
No le importó ser el molde de un Buenos Aires pacato.
Con la fuerza de su personalidad logró vivir fiel a los dictados de su corazón.

  
Mientras la amita, ayudada por sus negras, preparaba los zumos para el licor de mandarinas, las niñas charlaban en la sala.


Criticaban por lo alto, se susurraban al oído, se ruborizaban con risitas sonsas; es que no se hablaba de otra cosa en aquellos días de julio de 1805:
Mariquita se casaba por fin con su primo Martín Thompson.

En la monótona vida provinciana del virreinato, el caso de María de los Santos Sánchez de Velasco y Trillo, había dado que hablar durante cuatro años. Una vez resuelto, era el escándalo de los padres, que veían amenazada su hasta ahora indiscutible autoridad, los “Jesusmaría” de las obsecuentes madres y la envidia de las niñas convencionales. 

Mariquita osó con el “juicio de disenso” enfrentar a la sociedad de su época; cuestionó el concepto social del amor, demostrando ser lo que siempre sería; una mujer valiente, de pensamiento independiente, que se adelantó más de una centuria a sus contemporáneas.

Bella, joven y rica heredera, hija única de un influyente matrimonio que había aguardado quince angustiosos años para ser padres.

Él también hijo único, desde la niñez quedó envuelto en la leyenda a raíz de su trágica historia personal. Muerto su padre cuando él tenía apenas diez años, su madre había tomado la decisión de recluirse en un convento de clausura. Quedó, así, huérfano de padre y madre, bajo la tutela de su padrino que lo inscribió en la “Escuela de guardiamarinas de Ferrol”. Cuando en 1801 volvió de su viaje de estudios, se encontró con esa mujercita de catorce años, pequeña, pero de espíritu enérgico que reconoció en ese “Lord Byron criollo” al príncipe de sus sueños.

Don Cecilio Sánchez de Velasco y doña Magdalena Trillo se opusieron terminantemente a esos amores, “caprichos juveniles” decía el padre, que ya había elegido el futuro para su hija. Muy encandilado estaría don Cecilio con los blasones de don Diego de Arco, familiar de los marqueses del Arco Hermoso, para entregarle su hija, cuando su fama de jugador y mujeriego era tal, que su propio padre lo había desterrado a Buenos Aires.

Mariquita, que con razones se oponía, no era atendida en sus reclamos. Su resolución fue asombrosa, el mismo día de la fiesta de su compromiso oficial, reclamó al virrey Sobremonte un representante ante el cual declaró que se la casaba a la fuerza. La ceremonia se suspendió por orden del virrey.

Todo Buenos Aires sabía de las penurias amorosas de estos jóvenes que no cejaban en su empeño y, seguían frecuentándose. Las influencias se movieron: Martín fue enviado a Montevideo y ella pasó largos días en la casa de Ejercicios Espirituales.

En 1804 la pareja inicia el juicio de disenso. Para ese entonces su padre había muerto, pero su madre seguía intransigente. Mediante ese juicio se pretendía apelar a la máxima autoridad, para concretar la unión, prescindiendo de la autorización materna.

El proceso fue tan ruidoso que llegó a España, inspirando a Moratín para escribir “El sí de las niñas”.

Doña Magdalena Trillo argumentaba que no quería ese yerno, porque a causa de su formación militar carecía de conocimientos para administrar sus comercios.

El tribunal falló a favor de los novios, quienes se casaron a fines de julio de 1805. Con el tiempo se comprobó que la madre de la novia no se equivocaba, la fortuna de su hija mermó considerablemente.

Los años fueron transcurriendo placidamente, el halo de romanticismo de su valeroso amor, los tornó a la vida pública, en la que luego de los sucesos de Mayo de 1810, los unió aún más el compartir los ideales revolucionarios.

  

El 16 de enero de 1816 sería el último día que compartirían. Martín partía en misión secreta a los estados unidos, para conseguir el apoyo del presidente Madison, los contratiempos que vivió en su destino lo precipitaron a la locura. En 1819, regresando a Buenos Aires, murió en altamar.

La viuda de 30 años, en 1820, se casó con Washington de Mendeville, un noble francés que sería cónsul de su país en el Río de la Plata. Su vida con él fue desdichada, hasta que su esposo en 1835 partió hacia Ecuador, para cumplir función diplomática.

Mendeville y Mariquita no volvieron a verse, aunque mantuvieron correspondencia hasta 1863, año en que él murió.

Ella le escribió a Juan Bautista Alberdi, al abrirse la sucesión: “He hecho con mi marido acciones más que heroicas. Dos veces ha estado su consulado en el suelo; yo lo he levantado mil veces, su locura hubiéramos estado en el fango y mi prudencia y paciencia lo tapaba todo. No le he dado un disgusto, mi fortuna a manos llenas. Conocí a este hombre el más infeliz, había venido por un desafío desgraciado y confiado en tomar servicio aquí. Pero las circunstancias lo aterraron y se vio reducido a dar lecciones de música. Yo no tenía más voluntad que sus caprichos”.

Mariquita, tan visionaria, tan preclara, tuvo una vida amorosa signada por las equivocaciones y la desdicha. Aunque se quejara con amargura, seguramente vivió convencida de haber actuado bien, de haber obedecido las órdenes de su corazón, único tirano que podía tolerar.

Por algo, ya en su ancianidad, escribió a su hija Florencia: “mujer que tiene pasiones tiene mérito y, sea en la clase que sea, tiene corazón y es lo que aprecio”.

 

 

 

© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna0

Publicado en Julio de 1993

Versión para Internet

*Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog.

28 Julio 2009 Publicado por Ana di Cesare y Gerónimo Rombolá | Uncategorized | , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Aún no hay comentarios

Entrevista Radio Ciudad

Entrevista: 3/5/09, por Patricia García, para su programa “Buenos Aires me atrapa”, en Radio Ciudad (AM 1110) lunes 4 de mayo de 2009

 

 

Este blog publicó un trabajo de la Peña de Historia del Sur referido al flagelo que castigó a la ciudad de Buenos Aires en 1871: la fiebre amarilla.
Su difusión provocó la inmediata asociación con las realidades de nuestro tiempo, en el que los virus preocupan al país y al mundo.
La produción del programa radial “Buenos Aires me atrapa” -Radio Ciudad AM 1110- al leer la página convocó a Ana di Cesare, para una entrevista que salió al aire el domingo 3 de marzo de 2009.
El link, permite escuchar un fragmento de la misma, acerca de esa epidemia y de aspectos de la fundación y propósitos de los que integraron ese grupo de estudios históricos, autor de este espacio.

17 Junio 2009 Publicado por Ana di Cesare y Gerónimo Rombolá | Uncategorized | | Aún no hay comentarios

Manuel Belgrano

Quien fue Belgrano?
El revolucionario de la primera Junta, el que asumió la jefatura
de las tropas del Norte,el creador de la bandera nacional; o el hombre probo,decente a carta cabal que murió en la más extrema pobreza.
Ambos seguramente, abrazadas sus partes en un barro humano que nos enorgullece.

Es difícil hablar de Manuel Belgrano sin emocionarse.Algunos de nuestros próceres descollaron por su claridad intelectual, como estrategas, por su temeridad. En su caso, entre tantos méritos como puede reconocérsele, conmueve especialmente su hombría de bien, rectitud y honestidad. Cualidades que, paradójicamente, lo sometieron a grandes penurias económicas hasta el punto que a la hora de su muerte, tanta era la pobreza en que se hallaba que sus allegados debieron enfrentarse a urgentes dificultades. Pagarle al médico que lo asistió con el reloj del patricio y usar cómo lápida, el mármol de la cómoda de su hermano.


Por eso no queremos hacer hincapié en su trayectoria como hombre público. Que fue un patriota de primera hora; que actuó valientemente desde las invasiones inglesas; que tomó parte activa en los preparativos de la revolución de Mayo; que integró como vocal el gobierno de la Primera Junta; que fue general de la campaña de Paraguay y Jefe del Ejército del Norte; fundador de Escuelas, creador de la bandera nacional, puede leerse en cualquier manual de historia. Preferimos referirnos al hombre con un su destino de pruebas terribles, que soportó con valor y humildad.

Era difícil imaginar que alguien que llegaba al mundo con los mejores auspicios, muriera en la ingratitud, resistiendo frustraciones, estafas, pero decidido a cumplir hasta el final con sus obligaciones éticas. En verdad, cuando llegó al mundo en 1770, no podía hacerlo en mejores condiciones. Heredero de dos linajes principales, que contaban con guerreros ilustres y protectores de indios en armonioso equilibrio, la vida le brindó las posibilidades para ser intelectualmente brillante y él no las desaprovechó. Su padre don Domingo F. Belgrano, harto de los conflictos internacionales que se desarrollaban en su Oneglia natal (Génova) se estableció, primeramente en Cádiz y luego en Buenos Aires, donde tomó la ciudadanía española. Domingo y María Josefa González Casero se casaron y, mientras ella le iba dando 13 hijos, el sexto de los cuales fue Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús, él iba afirmando su carrera comercial y administrativa, desempeñándose como “vista y contador de aduana”, “regidor del cabildo” y “síndico procurador de la ciudad”, en varias oportunidades. Era una familia, muy acomodada en lo económico, y con fuertes intereses culturales, así que Manuel asistió al Real Colegio de San Carlos y a los 16 años viajó a Salamanca y Valladolid, para completar sus estudios de nivel superior. Cuando a la edad de 23 años regresó a Buenos Aires convertido en abogado, poseía todas las condiciones de un triunfador y era una presa codiciada por las jóvenes casaderas del virreinato. Mundano, cortés, culto, brillante, poseedor de fortuna, era además un hombre sumamente atractivo. Mitre lo describía en su regular estatura, fisonomía bella y serena, cabellos rubios sedosos, ojos azules, tez blanquísima apenas sonrosada, como un “hijo de las razas nórdicas”. Según su amigo José Balbín, era un hombre animoso de paso tan rápido que por la calle era imposible seguirlo. Había regresado con el cargo de Secretario del Real Consulado; pero no todas eran promesas de felicidad. En los años pasados en España, había contraído sífilis, enfermedad que lo torturaría hasta la muerte. Esa fue una de sus largas batallas. Más allá de “Salta”, “Tucumán”, “Vilcapugio”, “Ayohuma”, él peleó a diario debatiéndose entre sus ideales, los cargos de responsabilidad para los que fue nombrado y su salud, tan debilitada por esta y posteriores dolencias. Justamente el estoicismo con el que aceptó las obligaciones que la gesta emancipadora le imponía, son una muestra de su compromiso y humildad. Fue arrastrado por los viento de la Revolución y debió ocupar cargos para los cuales no tenía ni inclinación ni preparación. En sus planes no había tenido cabida la idea del combate. Su educación física era la de un intelectual, no había recibido preparación para la guerra. Pero aceptó el mando de las tropas destinadas al Paraguay y del Ejército del Norte, dando un ejemplo de renunciación personal ante las urgencias de la Patria. Al año de su regreso de España debió presentar la primera de sus licencias a causa de sus malestares. Desde noviembre de 1796 en que el Dr. O´Gorman le recomendó trasladarse a un lugar menos húmedo, hasta 1803 su vida transcurrió entre períodos de actividad laboral y otros de reposo, a fin de recuperarse de sus afecciones reumáticas y una infección en los lagrimales que sufrió permanentemente. Mientras, el pueblo lo veía trajinar, vestido modestamente, con las botas remendadas porque a los 40.000 pesos que el gobierno le había otorgado por los triunfos en las batallas de Tucumán y Salta, los había donado para la construcción de cuatro escuelas. Era difícil no apreciarlo por sus méritos: entereza, abnegación, amor al prójimo, serenidad de espíritu, talento, humildad, trato encantador, unidos a la fuerza interior que le permitía desempeñar sus tareas, leer y escribir largamente, durmiendo apenas 3 ó 4 horas por día, le valían la admiración y el respeto de quienes iban conociéndolo. Su vida, sin embargo parecía signada por un sino fatal. En la Campaña al Norte contrajo paludismo. Como consuelo, en Tucumán cosecha amigos y conoce a Dolores Helguera con quien vive un gran amor, del que nace su Hija Manuela Mónica. Pero aunque él quiere formar una familia, Dolores le es sustraída, la familia la casa con otro hombre. Años atrás había tenido que renunciar a Pedro, el hijo que tuvo con María Josefa, la hermana de Encarnación Ezcurra, para evitar dañar la moral de la amante, que fue criado por Juan Manuel de Rosas y su mujer.

Para ese momento, el mundo se le derrumba, el gobierno comienza a recriminarle las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, sin recordar que él era abogado, no militar. Los conflictos intestinos entre sus oficiales terminan en la revolución del Capitán Abraham González, que pretendió engrillarlo, aunque Belgrano ya estaba postrado en cama por falta de recursos con los cuales mantenerse. Desolado, presintiendo la cercanía de su muerte, regresa a Buenos Aires, para refugiarse en la casa de su hermano en San Isidro. Desde entonces fueron los parientes y amigos quienes se ocuparon de su sostén material. Llegado el invierno hubo que trasladarlo a la casa paterna en la actual Av. Belgrano entre Defensa y Bolívar. Su cuadro clínico, complicado con hidropesía y cirrosis hepática, era irreversible.

A las 7 de la mañana del 20 de junio de 1920, su vida se apagó. Dicen que sus últimas palabras fueron para despedirse de la patria. Quizás, por el contrario, sus pensamientos quedaron detenidos en una tibia tarde tucumana, en el patio de naranjos con el perfume de los azahares, en Dolores y él… él, Dolores y Manuela Mónica juntos, como nunca pudo ser. Pocos supieron ese frío día de Junio, que había dejado de existir el Dr. Manuel Belgrano, un hombre que merecía ser calificado como tal. Solamente un diario dio a conocer la noticia.

TESTIMONIO DE UN AMIGO

Contaba don José C. Balbín Mitre:

De resultas de la revolución (la del Capital Abraham González) se vio abandonado de todos el General Belgrano, nadie lo visitaba, todos se retraían a hacerlo.
Entonces empecé a visitarlo todas las tardes, y cuando su enfermedad se lo permitíasalíamos juntos a pasear a caballo. Esto nos traía la animadversión de los revolucionarios, lo que me importaba muy poco, porque cumplía un deber de amistad”.“Como quince días después de la revolución, una tarde me dijo el General:me hallo sumamente pobre, se han agregado a mi causa varios jefes fieles y honrados yno tengo como mantenerlos; ayer he escrito al gobernador Aráoz pidiéndole algún auxiliode dinero y me lo ha negado;le hice presente al general, que había hecho mal en dirigirse al gobernador, estando yoque podía darle lo que necesitase. Al día siguiente le mandé $6.000 con su mismo criado”.
“Una tarde que paseábamos a caballo me dice el General: yo quería a Tucumán como a mi propio país (hace referencia a Buenos Aires) pero han sido tan ingratos conmigo que he determinado irme a Buenos Aires, pues mi enfermedad se agrava cada día. Le aprobé su pensamiento indicándole que no debía perder tiempo. A los 3 ó 4 días lo encontré triste y abatido, le pregunté lo que tenía y me contestó muy afligido: amigo, ya no pudo ir a morir a mi país, pues no tengo recurso alguno para moverme de aquí: ayer he escrito al gobernador pidiéndole algún dinero y caballos para mi carruaje y me ha negado todo. Le contesté, habiendo caballos y plata y cuánto se necesite… y me preguntó ¿de dónde lo sacó?- pues ¿qué se ha olvidado usted que me tiene de amigo? Si, lo sé, me contestó, pero lo he molestado a usted. Tantas veces, que no quiero serle más gravoso. Señor general a mí no me molesta nunca y en prueba de ello, dentro de dos días le mandaré a Usted. 2.500 pesos, haga ya los preparativos par su viaje. Le mandé lo ofrecido y se empeñó en que lo acompañara, ofreciéndome un asiento en su coche, pero me resultó imposible complacerlo”
“ A los ocho días se puso en marcha el General acompañado del Dr. Redhead y su Capellán el Padre Villegas, con dos ayudantes, los Sargentos mayores don jerónimo Helguera y don Emilio Salvigni. Cuando llegaban a una posta, lo bajaban cargado y lo conducían a una cama”
Más adelante Balbín continúa:“Al día siguiente de llegar a Buenos Aires, pasé a visitar al General Belgrano a quien encontré sentado en un sillón poltrona, en un estado lamentable; después de un momento de conversación m dice: es cruel mi situación pues me impide montar a caballo, para tomar parte en la defensa de Buenos Aires, contra López el de Santa Fe, que se prepara para invadir esta ciudad; luego siguió diciendo: Amigo Balbín, me hallo muy malo, duraré pocos días, espero la muerto sin temor, pero llevo un gran sentimiento de sepulcro; le pregunté ¿Cuál es General?, y me contestó; muero tan pobre que no pudo pagarle el dinero que me prestó, pero no lo perderá Ud. El gobierno me debe algunos miles de pesos de mis sueldos, luego que el país se tranquilice le pagarán a mi albacea, el que queda encargado de satisfacer a Ud. con el primer dinero que reciba. Como un año después de su fallecimiento fui pagado.”

© Ana di Cesare


*Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.

*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog:

dicesareana@gmail.com

2 Abril 2009 Publicado por Ana di Cesare y Gerónimo Rombolá | Uncategorized | , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Aún no hay comentarios

Las creaciones del gran Disney

En noviembre de 1928, el Ratón Mickey, estrenó su primera película.La historia de este personaje es muy simpática.

En la década del 20, Disney, nacido en 1901, era aún un jovencísimo dibujante que trabajaba en un viejo garaje en la ciudad de Kansas, que él mismo había transformado en taller. Contaba que en ese protoestudio habitaba una población constante de roedores, animalitos que le resultaban sumamente divertidos. Por uno de ellos, con el que tuvo una relación casi de mascota, se originó sin querer, el más famoso dibujito de la historia del cine. Se trataba de un ratón confianzudo que se trepaba por su tablero de dibujo, al que bautizó Mortimer, mientras lo caricaturizaba y lo archivaba.

Ratón Mortimer
Disney creció, formó su empresa, dejó Kansas para radicarse en Hollywood, produjo “Alicia en el país de las maravillas”, “Caperucita Roja” y “El conejo Oswald”.


Conejo Oswald

En esta última tuvo problemas de distribución en Nueva York por lo que se vio obligado viajar a esa ciudad para solucionarlo, tarea en la que no tuvo éxito. Esto obligó al artista a buscar urgentemente un personaje impactante para el público. En el largo viaje de regreso a California, acompañado por su esposa, revisó sus carpetas de archivo y fue allí cuando reencontró al viejo Mortimer, al que rebautizó Mickey. En los primeros filmes sonoros el dibujante también doblaba la voz del personaje.

Mickey Mouse
No puede negarse que este hombre fuera un genio en la animación de dibujos y, que supiera utilizar cada delante de la técnica para mejorar la calidad de sus películas. Por ejemplo a partir de 1928 con la incorporación del sonido, supo jugar con los efectos especiales y producir escenas asombrosas, desde el 32, cuando adoptó el tecnicolor.
Fue el padre de la pintoresca fauna humanoide: el perro Pluto y el Pato Donald de 1930, y otros. Desde el Ratón Mickey, un personaje cándido y bondadoso que representa el triunfo del débil sobre la fuerza bruta, se va observando una evolución por la cual a medida que los dibujos se hacen más complejos, sus características de astucia y agresividad se incrementan. Especialmente en Donald que es una caricatura del estadounidense medio. Hay que señalar que la tipología de este creador es digna de la Comedia del Arte. Disney siempre utilizó sus personajes como eco de determinadas situaciones de la realidad interna de su país.
Su organización industrial creció de tal manera que en 1937 con una inversión de US$ 1.700.000 y 400.000 dibujos, produjo el primer film de largo metraje de su especialidad, “Blanca Nieves y los siete enanitos”, que fue un éxito mundial. Continuaron “Pinocho” (1940), Dumbo (1941), Bambi (1942). Aunque desde el punto de vista comercial fue un fracaso, “Fantasía”, donde intentó plasmar en imágenes la música de Bach, Tchaikovsky, Stravinsky, Beethoven, Schubert y otros, fue un verdadero trabajo de vanguardia.Para esta época Disney tiene ya competidores de la talla de Fleshing, Walter Lantz y los socios Hanna y Barbera, cuyo avance arrollador lo impulsa a crear “Disneylandia”, para seguir financiando sus famosos “cartoons”. Anecdóticamente, su nacimiento se remonta a una tarde en la que Walt Disney se aburría atrozmente mientras sus hijas daban vueltas en una calesita de un parque. Se le ocurrió, entonces, pensar, en que sería un lugar donde padres e hijos se divirtieran al unísono. La realidad es que “Disneylandia” fue una inagotable fuente de recursos que, entre otras cosas le permitió a Disney hacer “La dama y el vagabundo” (1955), “La noche de las narices frías” (1960) y su última película en 1966, “El libro de la selva”.

Pluto
Si bien Disneylandia es un símbolo de Estados Unidos, desde su instalación en Francia originó problemas. La reacción del personal ante las ajustadas normas de la empresa que disponen el uso de determinada indumentaria: las mujeres faldas más bien largas, tacos de mediana altura, ausencia de bijouterie y de esmalte de uñas; los hombres no deben usar bigote, ni barba, ni patillas.La misma inauguración marcó un abismo entre las costumbres de la Ciudad Luz y las de la empresa estadounidense. A la fiesta de la apertura los concurrentes decidieron ir, sí o sí, con atuendos informales compuestos por remeras estampadas con las imágenes de Mickey y Minnie.
Error catastrófico: París jamás aceptó el look deportivo. Otro de los desaciertos fue prohibir el consumo de vino, que para los franceses es sagrado. En esa celebración sólo se sirvieron gaseosas, hamburguesas y pochoclo.
En el colmo del amor propio ofendido, los compatriotas de Juana de Arco, decían que con tantos siglos de historia captados por su arte y arquitectura, ellos no podían ser seducidos por el Pato Donald.

© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna

 

*Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.

*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog:

rombola.dicesare@gmail.com

 

2 Abril 2009 Publicado por Ana di Cesare y Gerónimo Rombolá | Uncategorized | , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Aún no hay comentarios

El destino del padre Massa


A los 25 años, con espíritu inquieto, se estrenaba como sacerdote en el Oratorio de la calle México. La fundación de San Lorenzo marcó su vida, pero la curiosidad de su corazón lo acompañó en su largo derrotero de educador, deportista e historiador.¿Qué sabemos de Lorenzo Massa más allá de la fundación de “El Ciclón” ¿ Que era jovencito, que arrancó a “Los Forzosos” de la calle y les ofreció una cancha que les cambiaría la vida. ¿Y qué más?… ¿y después qué?… Puede ser que una vida tan rica y tan fecunda, a nivel popular, haya quedado petrificada en esa sola obra?… ¿Qué sólo se conozca en el ámbito salesiano su amor a la juventud, su agudeza de observación, su ardoroso trabajo?

El “cura Lorenzo”, se ordenó sacerdote a los 25 años. Había nacido en Morón el 11/11/1882 en el seno de una muy católica familia italiana formada por la unión de Lorenzo Massa y Margarita Scavini, que dio a la iglesia no sólo a ese hijo varón, sino también a sus hermanas Ángela y Blanca.Lorenzo Martín Bartolomé Massa decidió su destino sacerdotal a los 15 años, cuando hacía apenas tres que había ingresado al Colegio pío IX. De los tres lineamientos principales que Don Bosco impartió a su congregación, eligió rápida y eficazmente la educación de los jóvenes.

En 1905 en un informe anual, el padre Giuseppe Vespignani (arquitecto de la Basílica San Carlos, entre otras, comentaba que el clérigo Massa- en ese tiempo frisaba los 23 y aún no había realizado sus votos perpetuos- tenía buenas cualidades, pero era distraído y dado a la curiosidad. Años más tarde sabía que de Massa se podía esperar lo imposible, porque justamente ese espíritu curioso hizo de él un hombre de energía notable que alumbró docenas de obras.

Se recuerda todavía su carácter especial a la hora del trato con chicos, y en lo que se refiere a la juventud fue un visionario. Por eso lo encontramos en 1907 con sus 25 años, su metro 73 de estatura, sus ojos y cabellos castaños, enseñando en el colegio donde comenzó sus estudios y atendiendo el Oratorio San Antonio, al que tanto amor le había profesado siempre.

Con la fundación de San Lorenzo se había dado cuenta de la importancia que el deporte tenía en la educación de los chicos; y salía por la calle a atraerlos con desfiles y música. Creó así primero los “gimnastas” y luego, cuando se funda el Colegio San Francisco de Sales, los “Exploradores Argentinos de Don Bosco”, siendo director de esa casa hasta el año 1916.

Se dedicó entonces a fundar la primera escuela salesiana en Tucumán, y allí fue lleno de energía. Se encontró con la estructura de un antiguo colegio llamado “General Belgrano” y se preparó para rehacerlo. Para ello no dudó, reacondicionó edificios existentes, compró propiedades cercanas, instaló laboratorios.

Tan importante fue su obra y tanto la repercusión que en 1922, sólo por eso, nace en la ciudad de Tucumán un nuevo colegio salesiano, el “Tulio García Fernández”, cuando un industrial, para recordar la memoria de su hijo muerto, de dona un millón de pesos.

Esta casa de estudios llegó a ser una e las mejores de la congregación, y allí está Massa hasta 1929, duplicándose en la dirección de las dos escuelas.

Su destino fue inquieto. En 1930 lo encontramos como Director de la Casa Inspectorial de Córdoba. En 1933 como Director del Colegio de Salta. Mientras tanto se había ofrecido para trabajar en la Patagonia, y entre 1934-1939 dirige la Casa de Punta Arenas, en Chile, más tarde la de Patagones.

A partir de ahí su vid comienza a dar un giro insospechado. Fue llamado a Buenos Aires para que escribiese la biografía de Giuseppe Vespignani; se retiró a Bernal y trabajó durante un año para dar a luz un libro, que más que una biografía, refleja la obra de los salesianos en Argentina. Había nacido el Massa historiador.

A causa de la calidad de esta obra, se le encargó escribiera otra historia, de allí surgirá la “Historia de las Misiones Salesianas en la Pampa”. Trabajo tan fecundo que lo hace merecedor de ser elegido como miembro del Museo Histórico de la Iglesia Argentina.

Mientras, había organizado celebraciones inigualables; la del Centenario en Tucumán; la de la canonización de Don Bosco en Punta Arenas, y el Congreso Eucarístico Nacional chileno.

Pero había descubierto en la tarea de la investigación histórica su principal trabajo, y en él permaneció hasta que las cinco de la mañana del 31-10-1949, el encargado de cambiar las sábanas observó la luz encendida en su cuarto. Le llamó la atención porque el cura Lorenzo, a esa hora, siempre estaba atendiendo la iglesia. Entró a apagarla y lo halló muerto.

Se termina así la vida de quien tanto amó la juventud y del que jamás olvidó a San Lorenzo de Almagro. Vale agregar que había sido un excelente jugador de fútbol, con el inconveniente de enredarse en la sotana, porque en aquellos tiempos, no tenían los sacerdotes autorización de quitársela.

Fue fiel al club al que acompañó a todos los partidos cuando logró el campeonato en 1946. San Lorenzo le había otorgado un cané especial para asustar a los encuentros.

Los que componían su entorno cotidiano en la vida sacerdotal sabían que cuando el cuadro de su corazón perdía, cierto mal humor ensombrecía su carácter afable. Lamentablemente el último partido que él presenció o escuchó, un encuentro entre San Lorenzo y Huracán, terminó con la derrota del equipo de Boedo: el 30-10-1949,, el “Globito” ganó 1 a 0.


San Lorenzo también le fue fiel. Durante el funeral, uno de los más importantes jugadores, hizo llorar a los presentes cuando dijo que cada vez que entraran al club y miran el busto de bronce con el cual se le honrara en vida, “nos parecerá que todavía del bronce nos sonríe paternalmente”.
El “cura Lorenzo”, debe sonreír paternalmente sobre el “Nuevo Gasómetro”, que debería llevar su nombre.

 

© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna



*Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.
*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog:

2 Abril 2009 Publicado por Ana di Cesare y Gerónimo Rombolá | Uncategorized | , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Aún no hay comentarios

La fiebre amarilla en Buenos Aires

Oleo: Juan Manuel Blanes

Oleo: Juan Manuel Blanes

A comienzos de la década de 1870, Buenos Aires albergaba tres niveles de organización política: era municipio regido por una Comisión Municipal; Capital de la Provincia de Buenos Aires, donde residía el gobernador y sede del Gobierno nacional.

Todo esto derivaba en la existencia de un alto número de funcionarios administrativos.

La inmigración había comenzado. En esos momentos los “gringos” superaban a los habitantes criollos y, si bien la ciudad tenía pretensiones estéticas el contrapunto era el tema de la salud pública.

Se carecía de obras de salubridad, las calles y los terrenos se rellenaban con basura; las aguas del Riachuelo estaban infectadas con los residuos de los saladeros, sólo en Barracas había más de 15. La población bebía el agua de los pozos de la primera napa absolutamente contaminada y, vivía en los conventillos en medio de la promiscuidad y la miseria.

En este cuadro de situación el 27 de enero de 1871 los doctores Tamini, Larrosa y Montes de Oca fueron llamados al barrio de San Telmo para que diagnosticaran en tres casos de fiebre que se habían dado en un conventillo. El fallo fue unánime: fiebre amarilla. Tamini que era miembro de la comisión municipal, lo informó en reunión secreta con el objeto de retacear la información para que no cundiera el pánico. Pero como los casos continuaron en ligero aumento, la cuestión se convirtió en debate de prensa.

Era una enfermedad exótica para Buenos Aires, motivo por el cual hasta los legos opinaban. La comisión Municipal no quería suspender los festejos del carnaval que eran casi sagrados; y el pueblo, para olvidar, celebró entre corsos y comparsas. Fue necesario que a comienzos de marzo la fiebre matara a 40 personas por día y que el mal, democráticamente abandonara el barrio de los conventillos para llegar hasta el Socorro, para que se prohibieran las fiestas populares del entierro del carnaval. Confirmada la realidad gobernados y gobernantes no supieron que hacer.

La consigna fue la huida.

Todo el que tenía medios abandonó la ciudad hacia los pueblos de Flores, Belgrano, Adrogué, San Fernando; barrios enteros se vaciaban. En abril quedaba apenas 1/3 de la población de la urbe. Sarmiento que era presidente de la nación, huyó en un tren especial escoltado por 70 personas; lo siguieron Alsina y todos los ministros nacionales, todos los funcionarios públicos.

De 160 médicos con que contaba la ciudad del puerto, solo 50 lucharon día y noche contra el flagelo.

En plena acefalía el periodismo convocó a un “meeting”, alguien tenía que asumir la responsabilidad de combatir la epidemia. Apareció así la “Comisión Popular de salubridadque se multiplicó milagrosamente, coordinando los medios disponibles al servicio de esa especial batalla.

Entre sus miembros vale mencionar al Dr. José Roque Pérez y al Dr. Manuel Argerich, que dejaron sus vidas en la asistencia a sus semejantes; A Carlos Guido y Spano, Lucio V. Mansilla, Aristóbulo del Valle que con 23 años representaba al diario “El Nacional”, a José C. Paz de 28, fundador de La Prensa y a aquél Bartolomé Mitre de 25 años, por La Nación, entre otros.

Las medidas fueron rigurosas. Cerraron las oficinas nacionales, todas las instituciones: escuelas, bancos, Bolsa, aduana, Tribunales e industrias. Se prohibió la realización de ceremonias religiosas, los espectáculos y reuniones públicas; se devolvían los inmigrantes que llegaban.

La mortandad fue en aumento, el 9 de abril se superaron las 500 víctimas Sobre Buenos Aires se abatía una plaga comparable a las siete de Egipto: el puerto cerrado, la ciudad puesta en cuarentena por las provincias y países limítrofes.

Fue la única oportunidad en que se llegó a recomendar el abandono total de la metrópoli.

Se agregaron para eso vagones en ferrocarril, se construyeron viviendas provisorias en San Martín, Merlo, Moreno.

Los enfermos eran tantos que los hospitales no daban abasto. De urgencia se construyó el Lazareto San Roque, hoy Hospital Ramos Mejía; se arrendaron el Hospital Italiano y otros. Sin embargo la mayoría de los enfermos quedó sin asistencia. Los carros fúnebres también fueron insuficientes, siendo completados con los carros de basura, en los que se amontonaban los cadáveres para su traslado al cementerio.

Se sepultaba con tanto apuro para evitar el contagio; que ocurrió el horror de enterrar gente que aún no había muerto. Los cementerios de La Recoleta y Del Sur (hoy Parque Ameghino) se colmaron, por lo que se compran 7 hectáreas de la “Chacarita de los colegiales” para enterratorio, construyéndose un ramal de ferrocarril para el acarreo de los cuerpos, que, con esa característica macabra, fue único en el mundo.

A Partir del 13 de abril la epidemia pareció mermar por lo cual se produjo el regreso masivo; pero los que esperanzados retornaban se encontraron con un súbito recrudecimiento del mal. Hubo que esperar hasta mediados de mayo en que comenzó a ceder; el 2 de junio fue el primer día en que n se produjo ningún fallecimiento por fiebre amarilla luego de seis meses de agonía.

Fueron 13.614 las muertes; de todas las corporaciones profesionales, el clero fue el más castigado. Cumplieron su labor llevando auxilio a las víctimas que inclusive eran abandonadas por sus familiares. De las nacionalidades, la más diezmada fue la italiana.

La ciudad que se recuperaba era otra, la gente también; el duelo era general. Los niños huérfanos fueron tantos que hubo necesidad de fundar un nuevo asilo. Quienes habían sido prósperos quedaron en la ruina; caídas las ventas a cero nadie cumplía con las obligaciones de pago, se incrementaron los suicidios, el alcoholismo, la delincuencia, las enfermedades nerviosas. Las familias se habían disgregado pero todos tenían una herencia que reclamar; hubo una explosión de pleitos. Durante la epidemia algunosvaliente que no le temían a la fiebrese habían dedicado a adulterar testamentos, otros habían lucrado revendiendo pasajes a los pueblos aledaños, hubo quienes aprovecharon el abandono y la muerte para el saqueo.

En medio de tanta corrupción, el Dr. Eduardo Wilde, de 27 años, recorría los conventillos de San Telmo prestando sus servicios médicos a quienes lo necesitaran. En su marcha por la calle México oyó un gemido que le costó identificar; ingresó a una casa deshabitada y a medida que avanzaba el lamento se oía más intensamente, ene. Fondo encontró a una persona desvanecida, abandonada por todos, salvo por su perro que pedía auxilio. Wilde logró salvar esa vida, porque se conjugaron allí dos fidelidades: el desinteresado amor del perro por su dueño y la del médico hacia su profesión.

No está de más a tantos años, el reconocimiento a los hombres, que integraron la Comisión popular, por el ejemplo que brindaron al tomar con valor el timón de Buenos Aires cuando ésta navegaba a la deriva.

© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna

*Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.

*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog: dicesare.rombola.clavenna@gmail.com

31 Marzo 2009 Publicado por Ana di Cesare y Gerónimo Rombolá | Uncategorized | , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Aún no hay comentarios

Los diez días en que Buenos Aires, pretendió esconder la oscuridad

Siendo presidente de la República del Brasil,

el doctor Manuel Ferraz de Campos Salles (1846-1913),

arribó en visita oficial a Buenos Aires en 1900.

Inusualmente para el protocolo las autoridades

prepararon un fastuoso recibimiento

que fue origen de comentarios que perduraron

por más de una década.

En florido y brillante estilo las notas periodísticas

describían los detalles del acontecimiento.


 

 

 

La llegada de Campos Salles fue un gesto de alta política que alivió el sentimiento preocupado de la población de Buenos Aires dominado por el fantasma bélico, resultante de los conflictos limítrofes existentes, aún sin solución. Esta visita retribuía la realizada el año anterior por el presidente Julio A. Roca a Río de Janeiro, ambas con finalidad de reforzar la concordia internacional.

 

Lo original de la llegada del presidente M. Ferraz de Campos Salles fue el recibimiento fastuoso, hasta la exageración, que se le brindó aquél 25 de octubre de 1900.

 

La comitiva presidencial lo recibió en el recientemente construido Puerto Madero. Desde donde fue conducido al palacio Devoto que se hallaba en la esquina N.O. de avenida Callao y Charcas, cedido por su dueño a la Comisión de Homenaje, para ser puesto a disposición del mandatario brasileño. El trayecto estaba recubierto de flores y engalanado con arreglos especiales, ordenados por el intendente Adolfo J. Bullrich.

 

Este suceso motivó la filmación del primer noticiero argentino realizado por el fotógrafo Eugenio Py. Se registraron las principales escenas del desembarco del visitante, y esa misma noche, se proyectaron en la Casa de Gobierno.

 

Los efectos luminotécnicos constituyeron el detalle más sobresaliente de aquella faraónica recepción: los arcos voltaicos y las luces de bengala iluminaban, otorgándole un brillo especial a la flota fondeada en el río. La luz fue el epicentro de la celebración y vehículo del ánimo bullicioso del pueblo.

 

Los árboles de la Avenida de Mayo, parecían plumeros iluminados; la Avenida callao mostraba columnas transparentes con guías formadas por lamparitas eléctricas, revestidas de celuloide con los colores argentinos y brasileños.

 

En el Palacio del Congreso –aun en construcción- se instaló un poderoso foco que iluminaba en toda su extensión a la Avenida de Mayo. Un dispositivo permitía girarlo hacia el norte y, entonces su haz llegaba hasta el Palacio Devoto donde se alojaba Campos Salles.

 

El centro de la ciudad recibía la luz de 70.000 lámparas eléctricas y 20.000 antorchas, volviendo imposible el reflejo de sombras en su perímetro. En la Plaza de Mayo, la pirámide fue recubierta por un armazón metálico construido especialmente para sostener las luces que la iluminaban; es el mismo que actualmente se utiliza como jaula para los cóndores en el Jardín Zoológico de Buenos Aires.

 

En su permanencia de diez días entre nosotros Campos Salles, de seguro encandilado por tanto resplandor debió cumplir

un nutrido programa de actos, dentro y fuera de la ciudad. Estuvo en Talar de Pacheco, en el Mercado Nacional de Frutos, en la Exposición Rural Argentina y en la estancia La Martona de Carlos Casares. Asistió a un banquete en la Casa Rosada, a una recepción en el Centro Naval; a la velada de gala en el Teatro Opera y al baile del Jockey Club, que organizó en su honor una carrera denominada: Gran premio internacional. El programa de agasajos incluyó una parada militar, un corso de flores y un desfile de ciclistas.

 

El boato que el gobierno argentino desplegó para recibir al mandatario brasileño, fue objeto de críticas durante mucho tiempo.

 

Tal es así que doce años después todavía se oían comentarios sobre el vestíbulo rojo, los granaderos de gran gala, pajes, alabarderos, una pomposa marquesina en la escalinata norte de la Casa Rosada que contenía una galería tropical.

 

Por su impacto en la ciudadanía de aquellos tiempos, quedó fijada, también, la ostentación del ropaje de las damas que lucían “crepe de Chine” brocato, raso, lamé, diademas de brillantes, vinchas de perlas, gasas, tules, etc.

 

La ironía de tanto esplendor imperial, le hizo decir a un cronista en la segunda década de este siglo “¿Qué diablos les costaba haber puesto un ujier? Buenos Aires está lleno de pelagatos que hubieran hecho un buen ujier por sólo dos o tres pesos y una cosa de vino que les diesen al salir”


 

 

 

 

© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna


 

*Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.

*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog.

31 Marzo 2009 Publicado por Ana di Cesare y Gerónimo Rombolá | Uncategorized | | Aún no hay comentarios